Nombre:                     Orlando Carreño Rodríguez-Maribona 

Lugar de nacimiento:  Oviedo, España

Año de nacimiento:    1936

Residencia actual:      Lastres, Asturias, España

 

Poemas incluidos en esta página:  


-De lejanía y esperanza. 

-El latido del tiempo. 

-No al desvarío. 

-Aquella noche. 

-Ardorosa lejanía. 

-Todos los días azules se rompieron. 
-En el atardecer. 
-Por los caminos.
-Casa abandonada.
-Desde lejos.
-Bañada de espumas.
-Del viento y la montaña.
-Bajo la noche.
-Primavera.

-Sombras yertas.
 
 

 

 

 



DE LEJANÍA Y ESPERANZA  

 

 

Tu mirada amarga  

me condujo a calcinados horizontes, 

a noches en vela y desgarradas, 

y yo, con mis manos en la niebla, 

escuchaba el viento solitario, 

escuchaba la voz de las estrellas, 

indagando, fantasmal, perdido, roto, 

donde habitaba tu sombra, tu perfume, 

tus ojos perdidos algún día. 

 

Y creía encontrar, entre piedras y desierto, 

la fresca voz de tus palabras, 

la llamada de siglos, 

el metal de tus súplicas fervientes. 

La tibia avidez de la esperanza. 

 

 

 

 

 

EL LATIDO DEL TIEMPO 

 

 

Eran nubes sucediéndose  

en el cielo infinito. 

Eran las primeras estrellas,  

los astros lejanos, 

nuestra vieja Tierra 

y la vida verde y fecunda. 

 

Eran la luz y el polvo cósmico, 

los latidos del mundo, 

las rotas olas en la arena,  

el viento en las planicies, 

y la llamada del mar. 

 

El sabio Heráclito lo dijo: 

todo fluye, todo cambia. 

Nunca serán iguales las aguas 

del río que contemplas. 

 

Era la arena escurriéndose 

entre los dedos, fugaz y eterna, 

el calendario antiguo de los caldeos,  

nuestros trescientos sesenta y cinco días. 

Días que pudieran ser, 

y que convertimos en días grises, verdes, 

y oscuros, pálidos, azules,    

porque así los llamamos.                      

 

Era un pobre reloj, violín loco, 

midiendo desvalido las inmensidades del cielo, 

las llamas del día 

y las extraviadas orillas de la honda noche.          

Eran las raíces, el horizonte cárdeno, 

la esperanza, el eco repetido. 

Y todo llamaba a tu puerta. 

Como el tiempo.  

 

 

  

 

NO AL DESVARÍO               

 


Pozo de sombras 

y doradas leyendas, 

imagen cortada de la noche 

que yo escrutaba, 

buscando las palabras 

que nadie olvida, 

que arrastra el viento 

hasta donde se pierden los ecos 

y ningún barco llega. 

 

Esos largos momentos de la noche,     

largas heridas de estaño, de ramas 

truncadas, de ocultos remansos, 

de manos solas. 

Tiempo que persigue al tiempo, 

y padres e hijos encadenados,  

bajo perdidas galaxias 

que nunca encontraremos 

por más que nuestra ambición 

se obstine. 

 

Todo, con el tiempo, con el océano, 

con las hogueras de fuegos salvajes  

atizadas por el hombre, 

se irá como las nubes, y un día será polvo, 

polvo cósmico, brizna del universo, 

locura humana, llanto de milenios, 

y tanto alzarse sobre el barro, 

sobre la ignorancia, quizás para nada, 

si el desvarío se instala y no conoce 

sus límites. 

             

 

 

                    

 

 

AQUELLA NOCHE 

 

 

Noche aquélla de ardientes latidos, 

de flores rojas gimiendo en el aire. 

Era la lluvia fina de tu boca, 

tus brazos y piernas torneados, 

tu cintura tibia y ondulante.  

 

Creíamos los dos que las cálidas 

estrellas nos miraban, 

y que el aire perfumado y profundo 

se detenía. 

 

Aquella ventana abierta 

surcando el fuego de la noche…  

Eran tus brazos de bronce, 

tus ojos oscuros que brillaban, 

y el fervor de tus manos tibias 

trenzadas en mis manos.  

 

Creíamos los dos que la noche   

se había hecho eterna, 

como desnudo cristal enardecido, 

que sólo era nuestra, 

y que nadie podría  

abarcar tantas estrellas.    

 

 

                                                                                              

 


 

ARDOROSA LEJANÍA 

 

 

Encontrarte en tu mirada brillante, 

en el jardín rosado y tibio de tu boca.  

Huir contigo hasta perdernos 

en las lejanías palpitantes, 

de fuegos escondidos, 

para recibir la noche. 

En nuestra desnuda soledad, 

en la hondura del amor interminable     

y de aquel encuentro 

que ignoraba los abismos.      

 

 

 

 

 




TODOS LOS DÍAS AZULES SE ROMPIERON
 

 

  

Todos los días azules se rompieron. 

No tuviste esperanza, ni lecho, ni mano amiga. 

Quedó tronchado el amor 

                               en tu boca polvorienta. 

Quedaste sola 

                    con un puñado de recuerdos. 

 

Sola frene a caminos inciertos. 

Caminos abrasados por los que ahora cruzas, 

prendida la sal en tus labios, 

los recuerdos azotando tus pálidas manos, 

de fiebre, de vana espera, 

como eco de torbellinos, 

de oscuros metales y de niebla. 

 

Tu blanca frente en el espejo del arroyo 

busca turbada jirones azulados, 

mientras vaga una súplica perdida. 

 

Y cae sobre ti, de nuevo sola, 

una tarde herida de amargura.  

Tierra y polvo secos, secos de siglos, 

de llamadas, de puertas cerradas 

a cal y canto, de neblinas, 

de arena y sed, 

de ocasos desnudos para siempre. 

 

 

 


        
 

EN EL ATARDECER 

 

  

Tu cabellera suelta
se prendía en los espinos
y sangraba lentamente.
Los ojos se llenaban
de pesadumbres
que invadían el pecho.
Era una lenta tristeza.
Afuera, parecían llorar
los árboles, y desde el cielo
caía sin prisas el tiempo
interminable.


 



POR LOS CAMINOS
 


En el cielo brillaban
las estrellas,
e iba el peregrino
con su pardo hatillo al hombro.
Zapatos viejos
que hacían restallar
la hojarasca seca
de todos los caminos.


 



CASA ABANDONADA

 

Casa abandonada, casa perdida.
Pasaron los vientos y las lluvias,
y lentas capas de ceniza
fueron cubriendo tu tejado
hasta confundirlo en tardes grises
con las nubes.

Yo no quise volver.
No quise volver a la vieja casa,
para que mi pecho no se quebrara
en sollozos, para no ver
las habitaciones vacías,
las puertas doloridas y rotas.
Para que no descubrieran mis oídos
que ya no había voces en la casa.

Aquellas voces, y aquellos cantos.
Sólo quedan las sombras.
Y yo, en este rincón,
cercado de nostalgias,
en los labios la lenta amargura
de fuegos que no vuelven.


 



DESDE LEJOS

 

Yo viví tus primaveras,
París, cuando la luz
y los nardos
bañaban tus calles.

Los días eran entonces
azules.
Y flameaban mil pañuelos
alegremente en el pecho.

Eran días como espejos verdes,
que nunca morían,
claridades desparramadas,
polvo azul y dorado
sobre los árboles,
sobre las piedras,
en los ojos húmedos.





BAÑADA DE ESPUMAS

 

Salías del agua
jadeante y bella.
Tu cintura húmeda,
tus muslos redondos
trazaban retos ardientes
en la arena,
                     en los sueños.





DEL VIENTO Y LA MONTAÑA
 


El viento llevaba ramas
desgajadas, ramas violetas,
infinitas hojas desnudas
de las montañas,
hechas de espuma de nieve,
de aromas verdes.
Y del eco errante
de los cantos nocturnos.

Todo lo iba dejando a tu puerta.
                           Y tú sentías
como la nostalgia penetraba
en tu cuerpo.

Acudían los recuerdos
como una lluvia lejana...





BAJO LA NOCHE

 

Fuego tenían tus labios
tus suaves brazos.
Iba la barca
por la noche
bajo los ramajes
del cielo.
Y era tu cuerpo moreno
brasas verdes.


 



PRIMAVERA

 


Si llaman a tu puerta
cuando sientes que llega
la primavera, abre
y deja que entre en tu casa
el mar, el aroma de las montañas,
el sol tibio, y la tierra
temblorosa y húmeda. 

 

 

 

SOMBRAS YERTAS 

 

  

De las altas y secas 

fachadas de ladrillo y metal  

siguen cayendo sombras. 

Sombras de invierno, miradas muertas. 

Era lejos de aquí la primavera, y los brazos 

extendidos nada encontraron: era el vacío. 

No pudieron bañarse los brazos y la cara 

en las sombras frías. No había. Y entonces 

las manos se crispaban como sarmientos en cólera. 

¡Han huido! Como huye el fuego que se enciende 

en los caminos y en las palabras claras del saludo. 

 

Van cayendo las sombras, tenaces, 

sombras sin lástima, que van quemando 

en los ojos abiertos y dejan las aceras cubiertas 

de sal. Y las manos, y las ropas, todas con sal, 

una sal amarga que se adueña del pelo, 

de los labios temblorosos, que pugna por llegar 

hasta el hueco del corazón y apretarlo hasta 

dejarlo yerto, helado bajo un sol de niebla, 

y de soledades. Altos edificios cerrados. Noche 

de sal que llena las paredes y que se escupe  

en las esquinas.